lunes, 2 de agosto de 2010

Buen morir bien vivir





En nuestra cultura la muerte es sinónimo de desgracia, de pérdida irremediable, de equivocación, de accidente, de castigo. A pesar de que sabemos que llegará para todos los seres vivos insistimos en separarla de la existencia como si esta fuese una excepción, algo que no nos va a ocurrir, algo que no es parte de la vida.

Sin embargo, esta concepción de la muerte, separada de la vida no es universal.  No en todas las culturas ni en todos los tiempos la muerte ha estado unida a connotaciones negativas, si nos remontamos a nuestros orígenes, a los pueblos paleolíticos por ejemplo, sus entierros, dan cuenta de otra concepción, que nos permite hablar de tránsitos, de integración, de ciclos: vida muerte vida. Se han encontrado tumbas circulares, teñidas de ocre rojo, con presencia de conchas del molusco cauri, cuya forma es similar a los genitales femeninos y que ciertos expertos han llamado “el portal a través del cual la criatura entra al mundo”, estos vestigios han permitido develar una visión de la muerte como retorno a la fuente de vida, lo que podríamos denominar el viaje inverso para volver a nacer y perpetuar los ciclos de la vida.

Si nos permitimos integrar esta concepción para expandir nuestra visión, nos convertimos en viajeros y viajeras cuyo equipaje son las experiencias  y aprendizajes que nos entrega nuestro devenir. Creer que la muerte es un tránsito a algo nuevo nos permite  vivir en aceptación, amor y gratitud, además de abrir nuestro corazón al aprendizaje incorporando conductas que mejoren nuestro entorno social y afectivo, nuestra calidad de vida.

La integración consciente de la muerte como parte de nuestro desarrollo vital nos permite avanzar hacia la plenitud. “Desde que nacemos estamos experimentando la muerte continuamente, tanto desde el punto de vista biológico -la continua renovación celular que experimenta nuestro cuerpo- como desde el biográfico (a lo largo de la vida experimentamos constantes pérdidas: el nacimiento, la infancia, las pérdidas culturales, los vínculos afectivos, la identidad personal, la salud, las crisis espirituales y hasta todo aquello que nunca se ha tenido).” Algo tiene que morir para que nazca lo nuevo, contemplar la naturaleza entrega bastante claridad al respecto, todo está en constante cambio y transformación, muere el día nace la noche; el cambio de estaciones: caen la hojas para dar paso a los nuevos brotes y lo mismo hacen las flores  con los frutos; deja la serpiente su antigua piel, todo está en constante transformación, en constante movimiento, todo tiene su propio ritmo sus propios ciclos y la muerte es necesaria para que se produzca el cambio, la transformación.

¿Cómo podemos estar atentos a esta integración que parece rodearnos? Aprendiendo a estar presentes en cada cosa que hacemos en cada espacio recorrido aquí y ahora, experimentar la vida en su totalidad, conscientes de todos nuestros tránsitos. Aceptar también nuestra propia muerte como parte de la vida  nos va a permitir experimentarla lejos del miedo, en total honestidad y en paz con nosotros(as) mismos(as). Solo aceptando nuestra propia muerte es que podremos acompañar a otros en esta travesía sin colgarles nuestros miedos nuestras propias aprehensiones y apegos.